NUESTROS HIJOS Y SU COMPORTAMIENTO
Hace unos dias, una madre hizo un comentario que alguna otra vez ya habíamos escuchado. Según esta mujer, para los profesionales que trabajamos con niños la "culpa" de sus malos comportamientos es, por definición, de los padres. Y a ella, añadía, le parecía injusta esta apreciación.
No es objeto de estas lineas discutir si esta posición es realmente compartida por otros profesionales de la educación o la salud. En nuestro caso, suscribimos con algunos matices el comentario: los padres son (somos) los responsables (que no culpables) de la configuración que va tomando el comportamiento de los niños a lo largo de su desarrollo.
No olvidemos que desde el momento del nacimiento y en nuestros primeros años de vida, los humanos somos "maquinitas de aprender", antes que cualquier otra cosa. La ya vieja polémica entre la genética y el ambiente como responsables de la constitución de las "maneras de ser", parece decantada hacía este último.
Y en los primeros años de vida el ambiente en que los niños pasan mas tiempo y es mas representativo para la adquisición de sus patrones de comportamiento es su casa.
Esto no debe servir para que los padres carguen con un sentimiento de culpabilidad, sino para que, siendo positivos, sean capaces de aprender (otra vez la dichosa palabreja) algunas cosas respecto del comportamiento, su adquisición y modificación.
En principio, aprendemos a hacer cosas, esto es a comportarnos, mediante dos procedimientos diferentes:
Uno es típicamente humano (solo algunas especies de primates la comparten con nosotros), y se debe a la observación del comportamiento de otros.
Técnicamente, este procedimiento de denomina aprendizaje vicario y explica porqué no es necesario pasar por las situaciones para aprender de ellas, basta con observarlas. Excuso hacer notar la importancia que para los hijos tienen los padres como modelos de comportamiento.
El otro procedimiento se denomina condicionamiento operante o instrumental, y es la manera mas universal de aprender comportamientos, pues desde los organismos inferiores hasta nosotros adquirimos o modificamos comportamientos mediante este proceso.
Básicamente, el condicionamiento operante explica que un comportamiento se dará, eliminará o modificará en función de las consecuencias que para el organismo tenga su emisión.
En palabras mas sencillas, si un niño encuentra una consecuencia positiva tras su comportamiento, la probabilidad de que vuelva a hacer lo mismo aumentará, mientras que si la consecuencia es negativa la probabilidad disminuirá.
En la práctica cotidiana, ambos tipos de aprendizaje se pueden dar juntos; esto es, podemos aprender a hacer algo mediante la observación de las consecuencias de ese mismo comportamiento en otra persona.
Estos dos procedimientos, por tanto, también pueden ser utilizados para variar el comportamiento propio o de los demás.
Como elemento previo, conviene que aprendamos a explicar las situaciones de la vida cotidiana, haciendo descripción y no interpretación. Así, debemos evitar el recurso al destino ("cuando le da, le da"), la herencia ("es igual que su abuelo"), las etiquetas ("es apático") y las interpretaciones ("parece falto de cariño").
Estas explicaciones son inadecuadas, pues hacen que el comportamiento parezca algo inalterable, y fomentan actitudes fatalistas; además son vagas, ya que no permiten conocer lo que de verdad ha hecho el niño en cada situación concreta.
La alternativa pasa por describir con exactitud y claridad el comportamiento que observamos en cada ocasión. Explica mas y es mas fácil de resolver un comportamiento definido como: "Pepito llora cada vez que su mamá le deja en la puerta del colegio", que si lo definimos como: "Pepito es infantil".
Para que las observaciones sean mas rigurosas, conviene que vayamos registrándolas, haciendo anotaciones en un papel. En estos registros habrá que anotar el comportamiento concreto, donde se da, cuando, con quien, y que consecuencias tiene para el niño.
Así, al cabo de una serie de observaciones, tendremos un registro con una serie de datos a partir de los que podremos relacionar cada comportamiento concreto con otros acontecimientos que se den en el entorno. Unos serán anteriores al comportamiento del chico y otros serán posteriores.
Hay dos procedimientos genéricos para hacer que un comportamiento cambie:
Modificar los antecedentes. Lo podemos hacer de varias maneras: eliminar acontecimientos previos al comportamiento elegido, de forma que no lo entorpezcan; por ejemplo: no encender la tele, si se va a estudiar. Comenzar por un objetivo fácil e ir poco a poco; por ejemplo: no enseñarle a vestirse solo, sino comenzar por una prenda e ir incorporando otras. Enseñarle, facilitándole la información necesaria y aprovechando el potencial de aprendizaje por observación que poseemos.
Modificar las consecuencias por su comportamiento. Ya comentamos anteriormente que la conducta que va seguida de una recompensa es mas fácil que se vuelva a dar. Así, una primera tarea sería conocer que cosas suponen una recompensa para nuestro niño. A las recompensas obvias (caramelos, juguetes, visitas,..), hay que añadir al menos dos: la atención dispensada por los adultos y el elogio social.
Así, para que un niño aprenda o mantenga cada comportamiento concreto, hay que hacerle seguir de algo con características positivas. La gama es muy amplia y va, como ya se ha citado, desde los dulces, juegos o caprichos hasta las alabanzas o la atención, pasando por actividades como ver TV, leerles un cuento, llevarles al parque, etc.
De la misma forma, si lo que queremos es hacer desaparecer una conducta, lo que deberemos hacer es eliminar las consecuencias positivas que para él tenga. Así, poco a poco llegaremos a extinguir esa conducta. Este procedimiento tiene una peculiaridad, pues al comenzar a extinguir un comportamiento muy habitual, se suele incrementar su frecuencia; no os importe, a la larga lograréis terminar con esa conducta.
En la mayoría de las ocasiones, lo que sucede es que aplicamos estos dos principios de forma incorrecta. Pensemos en cuantas veces, al negarnos a alguna petición por parte de nuestros hijos, éstos comienzan una larga serie de lamentos y quejas, hasta que logran su objetivo y "nos dejan en paz". En estos casos, los niños mantienen los lamentos, pues conocen que al final les daremos aquello que solicitan.
De forma inversa, hay veces que extinguimos comportamientos correctos al no proveer consecuencias positivas que los acompañen. Así, lo típico es no alabar o premiar el estudio, el vestirse o lavarse pues consideramos que "es lo normal", mientras que dispensamos grandes cantidades de atención (que como ya hemos dicho anteriormente, funcionan como un premio) cuando nuestros hijos hacen algo que pretendemos no vuelvan a hacer.
Una consecuencia agradable es mas positiva si se aplica inmediatamente después del comportamiento que deseamos fomentar, sobre todo en edades tempranas. Si dejamos pasar mucho tiempo entre ambas, el niño no encontrará la asociación y el aprendizaje se dará de forma mas costosa. Contrariamente, cuando la conducta ya está instaurada dentro del repertorio del niño, conviene premiarla solo de vez en cuando, pues el aprendizaje se hace mas resistente.
No olvidemos que también pueden funcionar como premios los pensamientos que los niños producen al comportarse. La última fase del aprendizaje de conductas consistiría en asociarlas a consecuencias propias de nuestros hijos, no necesariamente ligadas a aspectos materiales.
En este punto, estamos hablando de conductas mantenidas por los pensamientos positivos que nuestros hijos se dan a si mismos, y que pueden estar en la base de su futuro razonamiento moral. Pero ese ya es otro tema....